[ Advertencia: Esta es una entrada técnica. Absténganse de leerla los no interesados en los entresijos de Unix y sistemas afines. ]
Casi todo usuario de Linux o sistemas semejantes tiene que ser a la vez y en alguna medida ---lo quiera o no--- administrador de sus propias máquinas. Lo malo es que empieza a ser demasiado común emprender tales tareas administrativas con la mente idiotizada del luser, y así nos va, hasta que nos damos cuenta de nuestro pecado.
Os cuento un ejemplo de esto mismo que me acaba de suceder. Yo, convertido en luser, y perdiendo horas sin tino, por no darme cuenta, de que, cuando hay que ser admin, no hay coartadas que valgan.
Todo empezó con mi cortafuegos ...
El caso es que tengo una máquina independiente funcionando desde hace unas semanas como cortafuegos.
Una de las primeras cosas que quería hacer era que los logs del cortafuegos me llegasen a mi estación de trabajo, no sólo por razones de seguridad, sino también de comodidad. [ Sí, ya sé, lo mejor es que estén en un único servidor de logging, pero mi presupuesto no da para tanto, de momento ]. Además de eso quería utilizar logcheck ---por razones que omito--- como analizador de los registros.
El asunto no parecía difícil ---y no lo es, si uno se conforma con las configuraciones estándar. Pero a mí me interesaba una opción poco convencional.
logcheck envía mensajes de correo al administrador cada cierto tiempo (via cron), sobre los registros almacenados en los /var/log/* que uno desee analizar. En debian ---que es mi distro--- los ficheros de registro que se quiere que logcheck analice se definen en /etc/logcheck/logcheck.logfiles. Ahora bien, lo que a mí me interesaba es que logcheck me enviase mensajes diferentes para cada máquina, o sea, uno para la máquina local y otro distinto para el cortafuegos o cualquier otra máquina remota.
El problema empezaba con que los registros del cortafuegos iban al mismo fichero que el de mi máquina local. Lo primero que pensé fue en sustituir syslog por syslog-ng, el cual permite una definición más versátil de los ficheros de destino, por ejemplo, permite (gracias a la variable $HOST) crear ficheros de logs diferentes para distintas máquinas. Así lo hice, y tras configurar adecuadamente syslog-ng tenía un fichero de registro independiente para los logs procedentes de mi cortafuegos. Ya sólo faltaba que logcheck analizara también ese fichero y quedase configurado para que me enviase, además de un mail sobre mi máquina local, otro distinto sobre mi cortafuegos.
Hasta aquí los preliminares. Y ahora empieza la anécdota propiamente dicha. Busqué rápidamente en la documentación de mi distribución del paquete logcheck ---esto es lo primero que leo cuando instalo un paquete que no conozco--- por si existía alguna información para lograr mi objetivo. No encontré nada ahí, y me fui directamente a google. Y ya se sabe que googlear puede consumir mucho tiempo. El caso es que tampoco encontré nada en google. O sí, encontré un programa newlogcheck, que envía cada cierto tiempo un único mensaje con un sumario del análisis realizado, dividido en tantas secciones como máquinas emisoras de registros se quieran controlar; algo parecido, pues, a lo que yo pretendía.
Pensé para mis adentros que si alguien se había tomado la molestia de escribir esto, había pocas esperanzas de que logcheck, por sí mismo y sin modificaciones del código, pudiera hacer lo que yo deseaba. Parece que tenía sólo dos opciones: adoptar newlogcheck o desisitir. No me apetecía introducir un nuevo programa en la jerarquía de mi distribución, pero tampoco desistí. Porque, de repente, algo en mi interior se sublevó: "pero, chaval, si ni siquiera te has leído con atención la página de manual de logcheck. Quién te ha visto y quién te ve". Era mi propia conciencia BOFH irritada, con razón, contra la pereza y desidia de mi personalidad luser. Hice caso a mi BOFH y me leí con atención la página logcheck(8). Y ahí estaba la respuesta a golpe de vista. Con un poco más de trabajo, que consistió en pasar por las páginas cron(8) y crontab(5), tenía el problema resuelto. Algo que, si lo hubiese hecho desde el principio, me habría llevado no más de media hora de investigación y ese algo menos de un minuto que cuesta añadir esta línea a /etc/crontab [ Debe ser una única línea, aunque puede aparecer dividida en los navegadores. El nombre/IP real de la interfaz de red local del cortafuegos ha sido omitido ]:
4 * * * * logcheck if [ -x /usr/sbin/logcheck ]; then nice -n10 /usr/sbin/logcheck -l /var/log/[mi-firewall]/kern.log -H firewall; fi
La anécdota concreta es lo de menos, pero sí importa ---y mucho--- la moraleja: "el luser es el único ser que tropieza siempre en la misma piedra: no dejes que tu estúpido Jekyll se apodere de tu 'buen' Hyde". O, dicho de modo más lacónico, pero no menos expresivo: RTFM!!
domingo, 30 de noviembre de 2008
martes, 21 de octubre de 2008
Comentarios al blog
Los pocos que hayan visitado este blog en el escaso tiempo de vida que tiene se habrán dado cuenta de que la opción de comentario estaba desactivada por defecto salvo para usuarios registrados ( yo únicamente ;-) ).
La razón era simple: falta de tiempo. Este blog es un proyecto personal al que dedico sólo una parte muy pequeña de mi tiempo libre, y no me veo con las ganas de andar todo el día dándole vueltas, para limpiar spam, leer lo que otros escriben, etc.
No obstante, y volviendo a pensar sobre el asunto, me parece razonable cambiar de política o, al menos, probar a ver qué pasa. Quizá el spam sea reducido y quizá sean pocos los potenciales comentaristas, no más de los que pueda asumir sin alterar mi referido grado de implicación.
Por ello, de ahora en adelante y a modo de prueba, dejaré abierta la opción de comentar a cualquiera.
Me reservo la facultad de limitar esta opción (si me veo desbordado) a usuarios con credenciales OpenID, o sólo con cuenta en google, o incluso volver a la situación inicial. Que así no sea.
La razón era simple: falta de tiempo. Este blog es un proyecto personal al que dedico sólo una parte muy pequeña de mi tiempo libre, y no me veo con las ganas de andar todo el día dándole vueltas, para limpiar spam, leer lo que otros escriben, etc.
No obstante, y volviendo a pensar sobre el asunto, me parece razonable cambiar de política o, al menos, probar a ver qué pasa. Quizá el spam sea reducido y quizá sean pocos los potenciales comentaristas, no más de los que pueda asumir sin alterar mi referido grado de implicación.
Por ello, de ahora en adelante y a modo de prueba, dejaré abierta la opción de comentar a cualquiera.
Me reservo la facultad de limitar esta opción (si me veo desbordado) a usuarios con credenciales OpenID, o sólo con cuenta en google, o incluso volver a la situación inicial. Que así no sea.
lunes, 20 de octubre de 2008
Mis programas de consola
En mi último envío propuse argumentos en defensa del uso de las aplicaciones de consola, con independencia de que se ejecuten desde la consola propiamente dicha o en un entorno de escritorio típico a través de un emulador de terminal. Cité además algunas, a modo de ejemplo.
He pensado que puede ser interesante para mis posibles lectores dejar constancia de las que utilizo con frecuencia. Casi todas tienen una o varias alternativas dentro también del mundo de la consola, de ahí que la selección sea estrictamente personal y obedezca tanto a razones de gusto, como a aspectos específicos de mi forma de usar el ordenador. Por ejemplo, puesto que edito todo con vim, tiendo a escoger aplicaciones cuyos atajos de teclado sean semejantes a los de vim o se puedan configurar fácilmente para hacerlos semejantes. Por otra parte, suelo preferir aplicaciones sencillas, que hacen bien una cosa y sólo una y cuyo consumo de recursos es reducido (o sea, que mis elecciones suelen estar en consonancia con la forma de pensar característica de Unix).
No pretendo comentar por separado estos programas (cada uno de ellos merecería un artículo aparte como mínimo), simplemente referirlos, describir su propósito someramente y de modo informal, e indicar, donde lo vea conveniente, algunas de las peculiaridades suyas que más me interesan.
Por otra parte, y aunque nadie me lea, siempre es agradable hablar, aun para uno mismo, de las cosas que gustan.
Vamos allá.
Omito el recuento de aplicaciones de línea de comandos de uso común y genérico en sistemas Unix o GNU: herramientas típicas de acceso y procesamiento de ficheros, de administración, etc., porque son muchas, porque ya hay cientos de miles de páginas escritas al respecto y porque están a la mano de todos los que quieran.
Espero que este repaso general por "mi" caja de herramientas siga siendo un acicate para los amantes o curiosos de la consola. Los primeros conocerán casi todas, pero quizá alguna no les resulte familiar o ni siquiera hayan oído hablar de ella; los segundos, tienen materia de sobra para investigar y hurgar. Por lo menos, antes de que me entren ganas de redactar artículos específicos y extensos sobre alguna y acabe poniendo todo el plato precocinado en la mesa electrónica. Quien sabe :-)
He pensado que puede ser interesante para mis posibles lectores dejar constancia de las que utilizo con frecuencia. Casi todas tienen una o varias alternativas dentro también del mundo de la consola, de ahí que la selección sea estrictamente personal y obedezca tanto a razones de gusto, como a aspectos específicos de mi forma de usar el ordenador. Por ejemplo, puesto que edito todo con vim, tiendo a escoger aplicaciones cuyos atajos de teclado sean semejantes a los de vim o se puedan configurar fácilmente para hacerlos semejantes. Por otra parte, suelo preferir aplicaciones sencillas, que hacen bien una cosa y sólo una y cuyo consumo de recursos es reducido (o sea, que mis elecciones suelen estar en consonancia con la forma de pensar característica de Unix).
No pretendo comentar por separado estos programas (cada uno de ellos merecería un artículo aparte como mínimo), simplemente referirlos, describir su propósito someramente y de modo informal, e indicar, donde lo vea conveniente, algunas de las peculiaridades suyas que más me interesan.
Por otra parte, y aunque nadie me lea, siempre es agradable hablar, aun para uno mismo, de las cosas que gustan.
Vamos allá.
- screen: Gestor de ventanas en pantalla completa que permite multiplexar distintos procesos. Las nuevas versiones disponen también de una mayor versatilidad en la definición de la forma de presentación de cada ventana (layout), así como de la posibilidad de organizarlas en grupos diferentes. Quizá su característica más destacada sea la de que, desde cualquier máquina remota, se puede abrir una sesión completa (o varias) de screen, con todos sus procesos en la situación en que estaban cuando cerramos dicha sesión en otra máquina. Un ejemplo: si estoy en mi casa trabajando con mis programas habituales de consola en una sesión de screen, puedo cerrar esa sesión (no apagar la máquina, claro, porque los procesos implicados deben seguir ejecutándose) y acceder luego a ella desde el ordenador del trabajo o desde la casa de un amigo, aunque su sistema operativo sea distinto. Basta con disponer de un emulador de terminal en este sistema y tener abierto el puerto correspondiente de mi máquina de casa.
- vim: Editor rapidísimo, al que se pueden añadir todas las extensiones imaginables que convengan (mediante plugins o scripts). Su rápidez se basa en usar combinaciones sencillas de teclado (fáciles para la mano) gracias a su diferenciación de modos de operación distintos.
- mutt: Un cliente de correo muy potente y versátil. Puede usarse como sistema autónomo y completo de correo (las nuevas versiones disponen de opciones incorporadas para recepción y envío de email), o se puede utilizar en combinación con programas específicos de transporte, de recogida, de distribución de correo y de control de spam.
- newsbeuter: Un lector/agregador de fuentes RSS y similares. Permite importar fuentes ya existentes. Es muy sencillo y fácil de usar y configurar.
- w3m: Navegador web y paginador. Me gusta especialmente, aparte de las teclas de movimiento al estilo vi, su función para poder seleccionar distintos navegadores gráficos, lo que permite ver cualquier página rápidamente en modo texto y revisarla con más detalle en su forma gráfica a golpe de una tecla.
- ikiwiki: Un constructor de wikis escrito en Perl y con soporte CGI (es decir, a la antigua usanza), pero con una filosofía peculiar y novedosa si se la compara con otros sistemas de wiki. Su extensibilidad (mediante plugins) y flexibilidad son muy notables. Aunque su uso común implica la necesidad de un servidor web, es posible configurarlo para que funcione sin tener uno instalado, siempre que se use w3m para editarlo, ya que este último posee un soporte CGI incorporado. Igualmente destacable es el uso de un sistema real de control de versiones independiente (svn, git, etc). Cuando madure el plugin para latex (se está en ello) tendrá todo lo que necesito y exactamente como lo necesito. Merece la pena echarle un vistazo, incluso aunque no se use.
- vifm: Un gestor de ficheros sencillo y con atajos de teclado a la vi, de ahí su nombre.
- cplay: Un reproductor de ficheros de audio. Consume muy pocos recursos y es muy sencillo de usar.
- shell-fm: Una aplicación de línea de comandos para reproducir flujos de la radio last.fm. Sencillísimo y eficaz.
- htop: Un monitor en tiempo real de los procesos del sistema en la línea del top original, pero con una interfaz más amigable.
- trafshow: Un monitor en tiempo real del tráfico de las interfaces de red. Es de los pocos que conozco para consola. Me permite tener a la vista, siempre que quiera, cómo se desarrolla el trafico, sin necesidad de ejecutar netstat o similares aplicaciones de línea de comandos, que reservo para cuando necesito conocer más detalles. En mi distribución (debian) forma parte del paquete netdiag.
- aptitude: El frontend moderno de debian para administración de los paquetes de sus ingentes almacenes de software. Conviene echar un vistazo a la página de manual en cada nueva versión que sale, porque casi siempre incorpora novedades interesantes.
- devtodo: Una aplicación de línea de comandos bastante sencilla de usar y que va exclusivamente de lo que va: de organizar y llevar la pista de las tareas pendientes. Puede almacenar distintas series de tareas según el directorio en que se esté y mostrarlas al cambiar a ese directorio.
- wodim: Forma parte del proyecto cdrkit. Todo lo que necesito para escribir CDs/DVDs desde la línea de comandos. Aunque k3b sigue siendo una maravilla que nunca sobra.
- pdftex: Mi herramienta habitual para construir un documento pdf a partir de una fuente TeX/LaTeX. Porque vivir en el mundo de los procesadores de textos es casi como vivir en la edad de hierro en lugar de en la edad de oro ;-)
Omito el recuento de aplicaciones de línea de comandos de uso común y genérico en sistemas Unix o GNU: herramientas típicas de acceso y procesamiento de ficheros, de administración, etc., porque son muchas, porque ya hay cientos de miles de páginas escritas al respecto y porque están a la mano de todos los que quieran.
Espero que este repaso general por "mi" caja de herramientas siga siendo un acicate para los amantes o curiosos de la consola. Los primeros conocerán casi todas, pero quizá alguna no les resulte familiar o ni siquiera hayan oído hablar de ella; los segundos, tienen materia de sobra para investigar y hurgar. Por lo menos, antes de que me entren ganas de redactar artículos específicos y extensos sobre alguna y acabe poniendo todo el plato precocinado en la mesa electrónica. Quien sabe :-)
domingo, 12 de octubre de 2008
Y al final, la línea de comandos
La puerta de entrada de la informática fue durante unos cuantos años la línea de órdenes (CLI en inglés), es decir, commnad line interface o línea de comandos, si se prefiere una traducción menos correcta, aunque más difundida.
Pero desde hace tiempo la interfaz gráfica de usuario (GUI) parece haber desplazado casi por completo a la interfaz original de puro texto.
Y sólo digo casi, porque sigue siendo ampliamente usada por los administradores de sistemas, por algunos "gurús" informáticos y por unos cuantos "freakies" de los computadores, generalmente asociados todos ellos a plataformas de software semejantes a Unix u a otras rarezas equivalentes.
¿Pero es realmente tan extravagante y trasnochado preferir la CLI a la GUI en un buen número, no desdeñable, de situaciones de trabajo con el ordenador?
En absoluto lo es. Y como prueba se pueden esgrimir muchas razones. Véanse, por ejemplo, las estupendas argumentaciones de Neal Stephenson en su clásico In the beginning was the command line, del que, por cierto, hay traducción a la lengua de Cervantes.
Hay ciertos campos en concreto, por ejemplo, en la edición de textos, donde, a mi entender, el abandono de la CLI ha provocado y provoca graves perjuicios, como traté de argumentar en El qué y el porqué de LaTeX [ el primer artículo que aparece en el documento enlazado ].
Pero, incluso, en las tareas básicas (programas de correo electrónico, agregadores de noticias, editores, navegadores de ficheros, navegadores web, ...), las aplicaciones de línea de ordenes, son inmejorables en muchos sentidos. Citaré sólo unos cuantos:
Es difícil pedir más por menos. Y hay más, si se busca un poco. Por ejemplo, bajo una aplicación como screen se pueden ejecutar los típicos programas citados en un determinado ordenador, cerrarlos todos, y volver a abrirlos desde otro ordenador remoto regresando exactamente al mismo punto en el que estaban todas las aplicaciones que corrían sobre screen cuando abandonamos la sesión en la primera de las máquinas, y todo ello con indiferencia del sistema operativo bajo el que funcionen los susodichos ordenadores y con una fiabilidad que es difícil, si no imposible, encontrar en aplicaciones gráficas de similar propósito.
Se me dirá, con razón, que renunciar a las aplicaciones gráficas es locura allí donde son insustituibles, es decir, donde el dato manejado es justamente la imagen (programas de visualización o edición fotográfica, lectores de pdf, reproductores de vídeo, etc.).
Nada más lejos de mi intención. Sin embargo, es perfectamente posible y razonable permitir que convivan limpiamente unas y otras aplicaciones (CLI y GUI). Los entornos modernos de escritorio permiten hacerlo con facilidad a través de sus emuladores de terminal o consola. De forma que es perfectamente natural y absolutamente transparente al usuario la ejecución de aplicaciones gráficas desde nuestras aplicaciones de puro texto.
Para terminar, dejo aquí unos pantallazos de algunos de los programas CLI, ejecutados desde una sesión de screen, que yo mismo uso desde un único terminal en mi escritorio de KDE4 (se verá que es KDE4 por el icono de plasma que aparece en la parte superior izquierda). O sea, el escritorio de última generación conviviendo con algunos conspicuos miembros del CLI-clan. Por eso, de lo de predicar con el ejemplo ;-)
mutt, el cartero legendario:

w3m, el postrero de los clásicos:

htop, el joven domador de procesos:

nethack, el origen del submundo:
Pero desde hace tiempo la interfaz gráfica de usuario (GUI) parece haber desplazado casi por completo a la interfaz original de puro texto.
Y sólo digo casi, porque sigue siendo ampliamente usada por los administradores de sistemas, por algunos "gurús" informáticos y por unos cuantos "freakies" de los computadores, generalmente asociados todos ellos a plataformas de software semejantes a Unix u a otras rarezas equivalentes.
¿Pero es realmente tan extravagante y trasnochado preferir la CLI a la GUI en un buen número, no desdeñable, de situaciones de trabajo con el ordenador?
En absoluto lo es. Y como prueba se pueden esgrimir muchas razones. Véanse, por ejemplo, las estupendas argumentaciones de Neal Stephenson en su clásico In the beginning was the command line, del que, por cierto, hay traducción a la lengua de Cervantes.
Hay ciertos campos en concreto, por ejemplo, en la edición de textos, donde, a mi entender, el abandono de la CLI ha provocado y provoca graves perjuicios, como traté de argumentar en El qué y el porqué de LaTeX [ el primer artículo que aparece en el documento enlazado ].
Pero, incluso, en las tareas básicas (programas de correo electrónico, agregadores de noticias, editores, navegadores de ficheros, navegadores web, ...), las aplicaciones de línea de ordenes, son inmejorables en muchos sentidos. Citaré sólo unos cuantos:
- Son mucho más rápidas, tanto porque tales programas consumen muy pocos recursos, como porque todas las operaciones se realizan comúnmente sin levantar los dedos del teclado.
- Están disponibles para infinidad de sistemas operativos y arquitecturas de hardware.
- Pueden ejecutarse en ordenadores realmente antiguos o con recursos muy limitados si se los compara con los actuales ordenadores de escritorio. Son por ello "ecológicas".
- Son, en su inmensa mayoría ---como lo suele ser el software creado por los padres de la informática---, libres, en el doble sentido que la palabra inglesa free tiene de gratuito y abierto (el código permanece abierto a la inspección y, en su caso, a la oportuna modificación y mejora de cualquiera que lo desee). Aunque esto no es característica únicamente suya. Pues, como se sabe, el movimiento de software libre u open source ha creado también y sigue creando magníficas herramientas para la GUI.
Es difícil pedir más por menos. Y hay más, si se busca un poco. Por ejemplo, bajo una aplicación como screen se pueden ejecutar los típicos programas citados en un determinado ordenador, cerrarlos todos, y volver a abrirlos desde otro ordenador remoto regresando exactamente al mismo punto en el que estaban todas las aplicaciones que corrían sobre screen cuando abandonamos la sesión en la primera de las máquinas, y todo ello con indiferencia del sistema operativo bajo el que funcionen los susodichos ordenadores y con una fiabilidad que es difícil, si no imposible, encontrar en aplicaciones gráficas de similar propósito.
Se me dirá, con razón, que renunciar a las aplicaciones gráficas es locura allí donde son insustituibles, es decir, donde el dato manejado es justamente la imagen (programas de visualización o edición fotográfica, lectores de pdf, reproductores de vídeo, etc.).
Nada más lejos de mi intención. Sin embargo, es perfectamente posible y razonable permitir que convivan limpiamente unas y otras aplicaciones (CLI y GUI). Los entornos modernos de escritorio permiten hacerlo con facilidad a través de sus emuladores de terminal o consola. De forma que es perfectamente natural y absolutamente transparente al usuario la ejecución de aplicaciones gráficas desde nuestras aplicaciones de puro texto.
Para terminar, dejo aquí unos pantallazos de algunos de los programas CLI, ejecutados desde una sesión de screen, que yo mismo uso desde un único terminal en mi escritorio de KDE4 (se verá que es KDE4 por el icono de plasma que aparece en la parte superior izquierda). O sea, el escritorio de última generación conviviendo con algunos conspicuos miembros del CLI-clan. Por eso, de lo de predicar con el ejemplo ;-)
mutt, el cartero legendario:

w3m, el postrero de los clásicos:

htop, el joven domador de procesos:

nethack, el origen del submundo:
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Dilemas de la enseñanza elemental en los conservatorios
La realidad es compleja y las matizaciones son imprescindibles y nunca completamente suficientes.
En mi anterior artículo me referí a la necesidad de una toma de decisión consciente y meditada cuando se trata de estudiar música en serio.
Claro, es relativamente fácil hacer esto cuando se es adulto. Pero lo habitual es que la música se empiece a estudiar a una edad temprana, donde esa conciencia y capacidad de decisión no existen. Por otra parte, tampoco en la infancia se puede apelar, salvo en casos extraordinarios, a una vocación perceptible, pues la mayoría de las veces o no está presente todavía o, como mucho, se halla en un estado demasiado incipiente como para que pueda ser un punto de referencia determinante.
Parece, pues, que se genera una contradicción insalvable. Se nos recomienda ---dirían los padres--- que hay que dejar de actuar a la ligera, pero no tenemos criterios para obrar adecuadamente.
Gran parte de esta contradicción tiene su origen en lo que, a mi entender, es una infraestructura inadecuada de la enseñanza musical en nuestro país. En mi opinión, y salvo casos muy excepcionales, la enseñanza instrumental debería comenzarse entre los once y los doce años, después de un período más o menos largo de práctica musical global, no especializada. Si, para ser más realistas, se acepta la posibilidad de iniciarse en el instrumento con anterioridad a la edad sugerida, debería hacerse de una forma menos intensa y siempre en un marco colectivo y liviano para los niños. Sobre esto podría extenderme mucho, lo reservo para otra ocasión. En definitiva, no creo que los conservatorios profesionales deban asumir la impartición de enseñanzas elementales. Y creo que los que idearon la infraestructura de la que hablo estaban pensando en que el entonces llamado grado elemental fuese poco a poco absorbido por escuelas de música, que, dotadas de proyectos bien diseñados, pudiesen ofrecer una vía de formación tanto para aficionados como para niños, dejando abierta, en este último caso, la posibilidad de una preparación más intensa y meticulosa cuando se percibiese en el alumno una vocación musical y una capacidad suficiente como para iniciar, con posterioridad, los estudios profesionales.
Este ideal se cumple en muy escasa medida. Y de momento, los conservatorios siguen teniendo que asumir la formación de los pequeños sin una estructuración de las materias curriculares y de la distribución horaria que convenga a su edad.
¿Qué hacer entonces? La cosa no es sencilla, pero aún se puede tratar de equilibrar con el esfuerzo tanto de los padres como de los profesores. Los profesores tienen que adaptar su enseñanza a esta realidad reduciendo todo lo que sea necesario y hasta el límite de lo posible el nivel de exigencia, sin que ello suponga un detrimento en la eficacia de la formación. "Poco, pero bueno", sería la máxima rectora aquí. Los padres, a su vez, tienen que colaborar creando hábitos de trabajo en sus hijos ---algún trabajo es necesario, es inevitable--- y, muy especialmente, valorando a lo largo de esos primeros años, junto con el profesor, el grado de implicación del niño. Ni que decir tiene que habría que abstenerse de empezar o de continuar allí donde se observa una reticencia significativa por parte del niño, cosa que sucede más veces de las que quisiéramos, porque lógicamente los niños también tienen derecho a saber si quieren o no hacer lo que sus padres proponen. Después de dos o tres años de trabajo en esta dirección debería quedar más o menos claro si ha surgido en el alumno la vocación suficiente y la consiguiente capacidad de trabajo como para continuar los estudios a un nivel profesional, donde el grado de dificultad ya no puede reducirse artificialmente.
Lo que sugiero no es una panacea universal, pero es, al menos, un primer paso para buscar un equilibrio. Y tampoco con ello quedan resueltos todos los problemas. Algún día habrá que hablar de cómo también en la adolescencia se producen desequilibrios inevitables que dificultan mucho el desarrollo de una enseñanza musical especializada. Queda para la próxima reflexión.
En mi anterior artículo me referí a la necesidad de una toma de decisión consciente y meditada cuando se trata de estudiar música en serio.
Claro, es relativamente fácil hacer esto cuando se es adulto. Pero lo habitual es que la música se empiece a estudiar a una edad temprana, donde esa conciencia y capacidad de decisión no existen. Por otra parte, tampoco en la infancia se puede apelar, salvo en casos extraordinarios, a una vocación perceptible, pues la mayoría de las veces o no está presente todavía o, como mucho, se halla en un estado demasiado incipiente como para que pueda ser un punto de referencia determinante.
Parece, pues, que se genera una contradicción insalvable. Se nos recomienda ---dirían los padres--- que hay que dejar de actuar a la ligera, pero no tenemos criterios para obrar adecuadamente.
Gran parte de esta contradicción tiene su origen en lo que, a mi entender, es una infraestructura inadecuada de la enseñanza musical en nuestro país. En mi opinión, y salvo casos muy excepcionales, la enseñanza instrumental debería comenzarse entre los once y los doce años, después de un período más o menos largo de práctica musical global, no especializada. Si, para ser más realistas, se acepta la posibilidad de iniciarse en el instrumento con anterioridad a la edad sugerida, debería hacerse de una forma menos intensa y siempre en un marco colectivo y liviano para los niños. Sobre esto podría extenderme mucho, lo reservo para otra ocasión. En definitiva, no creo que los conservatorios profesionales deban asumir la impartición de enseñanzas elementales. Y creo que los que idearon la infraestructura de la que hablo estaban pensando en que el entonces llamado grado elemental fuese poco a poco absorbido por escuelas de música, que, dotadas de proyectos bien diseñados, pudiesen ofrecer una vía de formación tanto para aficionados como para niños, dejando abierta, en este último caso, la posibilidad de una preparación más intensa y meticulosa cuando se percibiese en el alumno una vocación musical y una capacidad suficiente como para iniciar, con posterioridad, los estudios profesionales.
Este ideal se cumple en muy escasa medida. Y de momento, los conservatorios siguen teniendo que asumir la formación de los pequeños sin una estructuración de las materias curriculares y de la distribución horaria que convenga a su edad.
¿Qué hacer entonces? La cosa no es sencilla, pero aún se puede tratar de equilibrar con el esfuerzo tanto de los padres como de los profesores. Los profesores tienen que adaptar su enseñanza a esta realidad reduciendo todo lo que sea necesario y hasta el límite de lo posible el nivel de exigencia, sin que ello suponga un detrimento en la eficacia de la formación. "Poco, pero bueno", sería la máxima rectora aquí. Los padres, a su vez, tienen que colaborar creando hábitos de trabajo en sus hijos ---algún trabajo es necesario, es inevitable--- y, muy especialmente, valorando a lo largo de esos primeros años, junto con el profesor, el grado de implicación del niño. Ni que decir tiene que habría que abstenerse de empezar o de continuar allí donde se observa una reticencia significativa por parte del niño, cosa que sucede más veces de las que quisiéramos, porque lógicamente los niños también tienen derecho a saber si quieren o no hacer lo que sus padres proponen. Después de dos o tres años de trabajo en esta dirección debería quedar más o menos claro si ha surgido en el alumno la vocación suficiente y la consiguiente capacidad de trabajo como para continuar los estudios a un nivel profesional, donde el grado de dificultad ya no puede reducirse artificialmente.
Lo que sugiero no es una panacea universal, pero es, al menos, un primer paso para buscar un equilibrio. Y tampoco con ello quedan resueltos todos los problemas. Algún día habrá que hablar de cómo también en la adolescencia se producen desequilibrios inevitables que dificultan mucho el desarrollo de una enseñanza musical especializada. Queda para la próxima reflexión.
martes, 23 de septiembre de 2008
¿Por qué estudiar música?
El título de esta entrada puede resultar sorprendente. Lo normal ---se dirá--- sería haber escrito justo lo contrario: ¿por qué no estudiar música? Eso sería lo normal o, más bien, lo que se acomoda a la tendencia dominante. Porque lo que está efectivamente de moda es incentivar a toda costa la participación activa en cualquier esfera de la cultura. Está de moda, por ejemplo, matricular a los hijos en un buena cantidad de actividades culturales ---cuantas más, mejor---, con el fin de procurarles una buena formación, pero sin cuestionar si el número de esas actividades o su carácter se adecúan realmente a ese fin.
Un ejemplo claro de cómo esta falta de cuestionamiento tiene lamentables efectos en la realidad es el de la enseñanza musical especializada. Y por eso la pregunta inicial debe ser siempre la de por qué estudiar música, si es que tenemos en cuenta lo que ha dicho siempre el sentido común, que es todo lo contrario, lo de no meterse en camisa de once varas, a no ser que haya razones suficientemente poderosas para hacerlo.
Una aclaración, antes de seguir adelante. Por enseñanza musical especializada entiendo aquélla cuyo objetivo es la formación musical profesional. En nuestro país eso quiere decir la que se imparte oficialmente en los conservatorios profesionales de música o la que proporcionan diferentes iniciativas privadas con su mismo objetivo. Quedan, pues, excluidas de mi reflexión otras formas de educación musical, como las que tienen lugar en las enseñanzas obligatorias o en centros cuyo propósito es cubrir la demanda de una práctica musical aficionada.
Pues bien, la pregunta es tanto más pertinente cuanto que prácticamente nadie se la hace, ni los padres, ni los alumnos, ni las instituciones. Y hay que hacérsela si no se quiere ninguna de estas tres cosas:
1.- Desaprovechar el dinero público manteniendo a los profesionales que imparten dichas enseñanzas en funciones de entretenimiento y no de formación seria.
2.- Provocar la ineficacia de esos mismos profesionales, que al fin y al cabo son la espina dorsal de la música del futuro. ---Es el proceso típico del "quemado", alguien que se acostumbra a realizar tareas que están muy por debajo de su competencia profesional y que, víctima de una aburrimiento mortal y generalizado, ya no es capaz de distinguir cuándo debe aplicar su esfuerzo y su saber hacer, si es que no lo ha perdido por el camino.
3.- Causar el disgusto y la repulsión hacia la música en todos los alumnos que no estaban preparados para una enseñanza musical especializada y que sí podían haberlo estado para un contacto más liviano y ligero con la actividad musical.
¿Por qué puede suceder todo esto? ¿No se trata de una exageración disparatada? ¿Es que la música es sólo para unos pocos elegidos, y al resto que le zurzan?
Pues sí, así es, la música, a nivel profesional ---insisto---, es sólo para unos pocos, lo mismo que la arquitectura, el ciclismo de competición o la astronáutica; y nadie se lleva las manos a la cabeza porque no salten astronautas, ganadores del Tour o arquitectos cada vez que se da un puntapié a una piedra. Pero que no se me malentienda, no creo que hagan faltan unas condiciones innatas mozartianas para ser un buen músico, bastan el interés y el trabajo.
Interés y trabajo. Una mala combinación en estos tiempos que corren. Y es aquí donde está el meollo de la cuestión. Hoy se da por entendido ---resabios de una pedagogía de nuevo cuño mal digerida--- que el gusto no debe corromperse con un exceso de trabajo y que el placer se aviene mal con la exigencia de un entrenamiento continuo y sin concesiones. Craso error. El interés está ahí precisamente para mantener firme el ánimo cuando el esfuerzo de un trabajo duro, cuyos frutos son tardíos, no se ve recompensado a las primeras de cambio. Y esto vale no sólo para la música, sino para cualquier actividad cuya dificultad intrínseca exija mucho tiempo de dedicación.
Esta es la realidad, dura para algunos, pero realidad al cabo, y que, por tanto, es inalterable, aunque disguste a la mayoría: la música es difícil. Nadie lo va a decir, no vende, no es políticamente correcto. La música no es "Operación Triunfo". Es un trabajo de años, un trabajo artesanal, delicado y minucioso, que conlleva grandes dosis de paciencia y disciplina diaria, especialmente en el caso de la practica de instrumentos solistas (guitarra, piano, etc.), pero cuyos resultados son extraordinarios, maravillosos, si se siguen los pasos adecuados y hay buenos profesores que alivien la tarea. Por cierto ---no lo dije---, es uno mismo el que aprende; el profesor se limita a facilitar, a veces enormemente, el aprendizaje, pero no dispone de la varita mágica de producción de músicos en cadena.
Dicho todo esto, debería quedar clara cuál es la respuesta a la pregunta con que se iniciaba la reflexión. Si quieres ser un músico, si quieres que tu hijo lo sea, adelante, pero no te dejes llevar por veleidades inconsistentes. No malgastes el dinero de todos, ni eches a perder el amor que el músico que enseña y el que aprende deben guardar como oro en paño. El valor del premio es, sin duda, impagable, pero la cuesta es empinada, muy empinada a veces, acorde con lo incalculable de la ganancia. Que nadie se ponga luego a criticar a quien no debe o a soltar eso de que las uvas no estaban maduras. Quizá lo que no estaba suficientemente madura era esa supuesta pasión por la música, que acaso solo fuese más pretendida que verdadera, como casi todas las "pasiones" que pululan por la escena del presente.
[ Algunos matices más pueden consultarse en este otro artículo ]
Un ejemplo claro de cómo esta falta de cuestionamiento tiene lamentables efectos en la realidad es el de la enseñanza musical especializada. Y por eso la pregunta inicial debe ser siempre la de por qué estudiar música, si es que tenemos en cuenta lo que ha dicho siempre el sentido común, que es todo lo contrario, lo de no meterse en camisa de once varas, a no ser que haya razones suficientemente poderosas para hacerlo.
Una aclaración, antes de seguir adelante. Por enseñanza musical especializada entiendo aquélla cuyo objetivo es la formación musical profesional. En nuestro país eso quiere decir la que se imparte oficialmente en los conservatorios profesionales de música o la que proporcionan diferentes iniciativas privadas con su mismo objetivo. Quedan, pues, excluidas de mi reflexión otras formas de educación musical, como las que tienen lugar en las enseñanzas obligatorias o en centros cuyo propósito es cubrir la demanda de una práctica musical aficionada.
Pues bien, la pregunta es tanto más pertinente cuanto que prácticamente nadie se la hace, ni los padres, ni los alumnos, ni las instituciones. Y hay que hacérsela si no se quiere ninguna de estas tres cosas:
1.- Desaprovechar el dinero público manteniendo a los profesionales que imparten dichas enseñanzas en funciones de entretenimiento y no de formación seria.
2.- Provocar la ineficacia de esos mismos profesionales, que al fin y al cabo son la espina dorsal de la música del futuro. ---Es el proceso típico del "quemado", alguien que se acostumbra a realizar tareas que están muy por debajo de su competencia profesional y que, víctima de una aburrimiento mortal y generalizado, ya no es capaz de distinguir cuándo debe aplicar su esfuerzo y su saber hacer, si es que no lo ha perdido por el camino.
3.- Causar el disgusto y la repulsión hacia la música en todos los alumnos que no estaban preparados para una enseñanza musical especializada y que sí podían haberlo estado para un contacto más liviano y ligero con la actividad musical.
¿Por qué puede suceder todo esto? ¿No se trata de una exageración disparatada? ¿Es que la música es sólo para unos pocos elegidos, y al resto que le zurzan?
Pues sí, así es, la música, a nivel profesional ---insisto---, es sólo para unos pocos, lo mismo que la arquitectura, el ciclismo de competición o la astronáutica; y nadie se lleva las manos a la cabeza porque no salten astronautas, ganadores del Tour o arquitectos cada vez que se da un puntapié a una piedra. Pero que no se me malentienda, no creo que hagan faltan unas condiciones innatas mozartianas para ser un buen músico, bastan el interés y el trabajo.
Interés y trabajo. Una mala combinación en estos tiempos que corren. Y es aquí donde está el meollo de la cuestión. Hoy se da por entendido ---resabios de una pedagogía de nuevo cuño mal digerida--- que el gusto no debe corromperse con un exceso de trabajo y que el placer se aviene mal con la exigencia de un entrenamiento continuo y sin concesiones. Craso error. El interés está ahí precisamente para mantener firme el ánimo cuando el esfuerzo de un trabajo duro, cuyos frutos son tardíos, no se ve recompensado a las primeras de cambio. Y esto vale no sólo para la música, sino para cualquier actividad cuya dificultad intrínseca exija mucho tiempo de dedicación.
Esta es la realidad, dura para algunos, pero realidad al cabo, y que, por tanto, es inalterable, aunque disguste a la mayoría: la música es difícil. Nadie lo va a decir, no vende, no es políticamente correcto. La música no es "Operación Triunfo". Es un trabajo de años, un trabajo artesanal, delicado y minucioso, que conlleva grandes dosis de paciencia y disciplina diaria, especialmente en el caso de la practica de instrumentos solistas (guitarra, piano, etc.), pero cuyos resultados son extraordinarios, maravillosos, si se siguen los pasos adecuados y hay buenos profesores que alivien la tarea. Por cierto ---no lo dije---, es uno mismo el que aprende; el profesor se limita a facilitar, a veces enormemente, el aprendizaje, pero no dispone de la varita mágica de producción de músicos en cadena.
Dicho todo esto, debería quedar clara cuál es la respuesta a la pregunta con que se iniciaba la reflexión. Si quieres ser un músico, si quieres que tu hijo lo sea, adelante, pero no te dejes llevar por veleidades inconsistentes. No malgastes el dinero de todos, ni eches a perder el amor que el músico que enseña y el que aprende deben guardar como oro en paño. El valor del premio es, sin duda, impagable, pero la cuesta es empinada, muy empinada a veces, acorde con lo incalculable de la ganancia. Que nadie se ponga luego a criticar a quien no debe o a soltar eso de que las uvas no estaban maduras. Quizá lo que no estaba suficientemente madura era esa supuesta pasión por la música, que acaso solo fuese más pretendida que verdadera, como casi todas las "pasiones" que pululan por la escena del presente.
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sábado, 6 de septiembre de 2008
Wall-e y la música en el cine
La música representa habitualmente un papel secundario en las obras cinematográficas: creación de ambientes, subrayado de las tensiones narrativas (por ejemplo, en el climax de una escena), leitmotivs, etc. Cualquiera podrá recordar multitud de ejemplos de este tipo.
Poco común es su aplicación como elemento determinante del transcurso del film, es decir, como ingrediente sin cuya presencia y percepción dejaría de tener sentido pleno el decurso propiamente fílmico y su significado.
Se podría aventurar que un uso tan poco convencional de la música no podrá encontrarse sino en películas de audiencias minoritarias y sesudas. Esta suposición deviene falsa incluso allí donde no se podría siquiera sospechar.
Wall-E, la nueva película de Pixar Animation Studios, una película de animación para niños y de masiva distribución, es un caso sorprendente de utilización de una música como componente primario, significativo e, incluso, estructural.
Me refiero, en particular, a la utilización en un momento crucial del film de aquellos famosos compases del poema sinfónico de Richard Strauss Also sprach Zaratustra, que Stanley Kubrik utilizó en su magistral 2001. El juego de múltiples referencias es aquí notable. Veamos cómo se construye paso a paso su significación inicial, esto es, aquella de la que se dispone antes de ver Wall-E.
En su obra emblemática Also sprach Zarathustra, Nietzsche plantea la posibilidad del superhombre, del Übermensch, que, según el, constituye la necesaria transformación que el hombre debe procurar para alcanzar un estadio supremo de conocimiento y poder. Este texto sirve, a su vez, de base al poema sinfónico del mismo nombre compuesto por Richard Strauss. Kubrick, por su parte, utiliza la música de Strauss para articular los momentos decisivos de transformación evolutiva que sufren los personajes (representantes de la humanidad) en su película 2001. Es decir, en Kubrick la música de Strauss se emplea ya con una notable y consciente carga significativa, justamente la que procede de su referencia al tema nietzscheano: la transformación pretendida por Nietzsche es interpretada libremente por Kubrick como proceso evolutivo, y en concreto ---lo cual es evidente para el que ha visto 2001--- como el paso de la bestia al hombre, primero, del hombre que, después, en su máximo apogeo, se lanza al espacio y que, finalmente, acaba evolucionando hacia una forma de vida superior en las retortas de un laboratorio extraterrestre. La articulación de estas transformaciones se efectúa en 2001, como decía, a través del motivo musical de Strauss. Y ello resulta especialmente evidente y eficaz por el hecho de que 2001 es una película prácticamente muda en su mayor parte ---como, por cierto, lo es Wall-E--- y donde la música tiene una presencia consiguientemente sustancial.
Justamente son estos compases de Strauss los que se utilizan en un momento crítico de Wall-e. También aquí la música marca el inicio de una "transformación evolutiva" consistente en un volver a reconquistar la Tierra, en un volver a sembrarla de vida, a cultivarla, proceso que, dicho sea de paso, vendrá motivado por una inteligencia artificial (Wall-E) que es, por ello, el reverso de ese Hal antihumano de 2001, también recreado en el film de Pixar.
Esta explicación resultará muy confusa para quien no haya visto Wall-E, pero prefiero no ser más concreto y no desvelar los detalles del argumento.
Lo importante es constatar que sin esta remisión al significado descrito de la música de Strauss, se deja de percibir su función estructural en Wall-E y su carácter de referencia inevitable a 2001. De hecho ---y como anécdota personal--- diré que sólo en ese momento se cerró para mí el círculo de las sospechas que, mientras visionaba el film, me iba formando sobre su relación con la película de Kubrick.
No es la primera vez que Pixar usa esta música de Strauss, ya lo hizo ---me viene a la memoria--- en una secuencia de Toy Story 2. Pero, mientras que allí no tenía ninguna función estructural destacable ---se trataba de un mero guiño cómico---, aquí se carga de sentido por el hecho de que su argumento, e incluso, su construcción formal está plagada de referencias a 2001. Hasta tal punto que me atrevería a calificarla como un remake peculiar, una versión invertida, de la obra de Kubrick.
Una prueba más de que los realizadores de Wall-E son perfectamente conscientes de esta artimaña narrátivo-musical son los títulos de crédito finales. Los conocedores de las películas de Pixar saben que no deben abandonar la sala hasta el último fotograma. Si tampoco lo hacen en Wall-e descubrirán la imaginativa forma en que este retorno a los origines, en cuanto transformación evolutiva, que se inicia en la secuencia del film que acabo de analizar, es representada en dichos títulos de crédito, donde se filma la historia entera del hombre, desde el hombre de las cavernas hasta el de los primeros juegos de computadora. También se darán cuenta del efecto de distanciamiento autorreferencial que provoca justo el último fotograma, un efecto típico de ciertas obras escénicas y cinematográficas "cultas".
Es una lástima, por otra parte, que la especialización a la que estamos acostumbrados, dificulte la conexión interdisciplinar de las artes. Posiblemente sólo los cinéfilos empedernidos sean capaces de ver estas conexiones sutiles entre música y cine a las que me he referido. Conozco muy pocos músicos, especialmente jóvenes, que hayan visto o que hayan oído hablar siquiera de 2001, una obra fundamental de la historia del cine. Es más probable que se atrevan con Wall-E, pues se trata ---pensarán--- de una obra ligera de entretenimiento. Desgraciadamente la verán, con suerte, como los niños que asistan a la proyección ---lo cual está muy bien cuando se es un niño---, pero se perderán el original e ingenioso entramado de referencias cinematográficas y musicales, y la consiguiente enseñanza: la música puede también contribuir de un modo muy significativo a la configuración estructural de una obra no estrictamente musical.
Poco común es su aplicación como elemento determinante del transcurso del film, es decir, como ingrediente sin cuya presencia y percepción dejaría de tener sentido pleno el decurso propiamente fílmico y su significado.
Se podría aventurar que un uso tan poco convencional de la música no podrá encontrarse sino en películas de audiencias minoritarias y sesudas. Esta suposición deviene falsa incluso allí donde no se podría siquiera sospechar.
Wall-E, la nueva película de Pixar Animation Studios, una película de animación para niños y de masiva distribución, es un caso sorprendente de utilización de una música como componente primario, significativo e, incluso, estructural.
Me refiero, en particular, a la utilización en un momento crucial del film de aquellos famosos compases del poema sinfónico de Richard Strauss Also sprach Zaratustra, que Stanley Kubrik utilizó en su magistral 2001. El juego de múltiples referencias es aquí notable. Veamos cómo se construye paso a paso su significación inicial, esto es, aquella de la que se dispone antes de ver Wall-E.
En su obra emblemática Also sprach Zarathustra, Nietzsche plantea la posibilidad del superhombre, del Übermensch, que, según el, constituye la necesaria transformación que el hombre debe procurar para alcanzar un estadio supremo de conocimiento y poder. Este texto sirve, a su vez, de base al poema sinfónico del mismo nombre compuesto por Richard Strauss. Kubrick, por su parte, utiliza la música de Strauss para articular los momentos decisivos de transformación evolutiva que sufren los personajes (representantes de la humanidad) en su película 2001. Es decir, en Kubrick la música de Strauss se emplea ya con una notable y consciente carga significativa, justamente la que procede de su referencia al tema nietzscheano: la transformación pretendida por Nietzsche es interpretada libremente por Kubrick como proceso evolutivo, y en concreto ---lo cual es evidente para el que ha visto 2001--- como el paso de la bestia al hombre, primero, del hombre que, después, en su máximo apogeo, se lanza al espacio y que, finalmente, acaba evolucionando hacia una forma de vida superior en las retortas de un laboratorio extraterrestre. La articulación de estas transformaciones se efectúa en 2001, como decía, a través del motivo musical de Strauss. Y ello resulta especialmente evidente y eficaz por el hecho de que 2001 es una película prácticamente muda en su mayor parte ---como, por cierto, lo es Wall-E--- y donde la música tiene una presencia consiguientemente sustancial.
Justamente son estos compases de Strauss los que se utilizan en un momento crítico de Wall-e. También aquí la música marca el inicio de una "transformación evolutiva" consistente en un volver a reconquistar la Tierra, en un volver a sembrarla de vida, a cultivarla, proceso que, dicho sea de paso, vendrá motivado por una inteligencia artificial (Wall-E) que es, por ello, el reverso de ese Hal antihumano de 2001, también recreado en el film de Pixar.
Esta explicación resultará muy confusa para quien no haya visto Wall-E, pero prefiero no ser más concreto y no desvelar los detalles del argumento.
Lo importante es constatar que sin esta remisión al significado descrito de la música de Strauss, se deja de percibir su función estructural en Wall-E y su carácter de referencia inevitable a 2001. De hecho ---y como anécdota personal--- diré que sólo en ese momento se cerró para mí el círculo de las sospechas que, mientras visionaba el film, me iba formando sobre su relación con la película de Kubrick.
No es la primera vez que Pixar usa esta música de Strauss, ya lo hizo ---me viene a la memoria--- en una secuencia de Toy Story 2. Pero, mientras que allí no tenía ninguna función estructural destacable ---se trataba de un mero guiño cómico---, aquí se carga de sentido por el hecho de que su argumento, e incluso, su construcción formal está plagada de referencias a 2001. Hasta tal punto que me atrevería a calificarla como un remake peculiar, una versión invertida, de la obra de Kubrick.
Una prueba más de que los realizadores de Wall-E son perfectamente conscientes de esta artimaña narrátivo-musical son los títulos de crédito finales. Los conocedores de las películas de Pixar saben que no deben abandonar la sala hasta el último fotograma. Si tampoco lo hacen en Wall-e descubrirán la imaginativa forma en que este retorno a los origines, en cuanto transformación evolutiva, que se inicia en la secuencia del film que acabo de analizar, es representada en dichos títulos de crédito, donde se filma la historia entera del hombre, desde el hombre de las cavernas hasta el de los primeros juegos de computadora. También se darán cuenta del efecto de distanciamiento autorreferencial que provoca justo el último fotograma, un efecto típico de ciertas obras escénicas y cinematográficas "cultas".
Es una lástima, por otra parte, que la especialización a la que estamos acostumbrados, dificulte la conexión interdisciplinar de las artes. Posiblemente sólo los cinéfilos empedernidos sean capaces de ver estas conexiones sutiles entre música y cine a las que me he referido. Conozco muy pocos músicos, especialmente jóvenes, que hayan visto o que hayan oído hablar siquiera de 2001, una obra fundamental de la historia del cine. Es más probable que se atrevan con Wall-E, pues se trata ---pensarán--- de una obra ligera de entretenimiento. Desgraciadamente la verán, con suerte, como los niños que asistan a la proyección ---lo cual está muy bien cuando se es un niño---, pero se perderán el original e ingenioso entramado de referencias cinematográficas y musicales, y la consiguiente enseñanza: la música puede también contribuir de un modo muy significativo a la configuración estructural de una obra no estrictamente musical.
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